El día es, entre tantos, uno como cualquier otro, rígido y firme. Es el pensamiento que alcanza a experimentar una persona que ya tiene una determinada cantidad de días en su vida terrenal. El día puede variar, pues de hecho todos los días son diferentes. Esta clase de afirmación es de aquella persona que alcanzó un grado más de conciencia. Ser consciente de que el día puede cambiar todo el tiempo, y ser muy diferente a los otros que nos esperan.

Pero no era así en la vida monótona del especialista en materiales anómalos de la sección cinco, pabellón siete, del instituto de astrofísica. Un defecto en su actuar fue lo que le causó estupor, sudoración cutánea y diversas manifestaciones que sufre alguien, naturalmente, cuando hay ansiedad: descubrió una falla.

Las palabras no le alcanzaban para describir el triste clima con el que se encontraba, más bien sus compañeros, mientras lo veían maldecir en diversos dialectos inentendibles, hablaban de sus fabulosas expresiones corporales. Con aires de bufón, eran ellos así.

Los días al que él tanto amor les tenía, fallaron. Todos ellos a causa de uno solo, se decía por dentro. Sus grandiosos días le habían hecho una broma pesada.

La sección en la que se encontraba a cargo llevaba una gran responsabilidad: Catalogar un elemento extraño del sistema solar exterior era una tarea de alta peligrosidad. Dicho material produjo el desdoblamiento de su alma y realidad. Intentando mantener la cordura, el Doctor Freemanstain temblaba.

Era originaria de la constelación Cygnus ─Cruz del Sur─, de la estrella más brillante ─AlphaCygni─. Una pequeña roca oscura, tornasolada, de unos pocos centímetros. Este elemento tenía la particularidad de generar campos gravitatorios muy fuertes en el que el espacio y el tiempo convergen en una esfera de considerable tamaño, según claro el informe preliminar del ordenador cuántico para materiales anómalos. Una esfera en la que en ella no existiría ni el pasado ni el futuro. Pruebas derivadas con animales de laboratorio confirmaron dicha predicción: el contacto con un ser vivo hacía que actuase el suceso descripto.

Pues el error de manipularlo con un guante de goma con una fisura notoria en su dedo meñique le costó una explicación racional de lo que le sucedió después, lo escribiría luego en su diario de esta manera:

Me encontré sumergido en una burbuja transparente en el que el horizonte y la curva eran casi exactamente iguales, pero no lo eran. Parecía respirar un aire agradable, me sentía tranquilo, el laboratorio era muy lejano, y cercano a la vez. Mis sentidos estaban cómodamente seguros allí dentro. A medida que caminaba la burbuja ilimitada me acompañaba. Desde adentro podía sentir una gran satisfacción, pero al dar una vista hacia afuera de la burbuja las cosas se comportaban más extrañas aún.

Parecía converger el futuro y el pasado en el mismo momento, infinitud de tiempos y mares, extrañas bestias aparecían y desaparecían de la faz de la tierra, vi erupciones volcánicas, el hombre en su apogeo en la Roma de Tito, la caída del mundo en un futuro no muy distante y el nacimiento del sol en otro resplandor.

Decidí alegrarme de haber tocado la piedra. Al dejar la roca en el escritorio, todo volvió a la normalidad. Lo que  observé solamente lo hice yo, mis compañeros no tuvieron nunca idea. Se quedaron admirando mis ademanes cabreados.

El elemento se desintegró en polvo frente a mis ojos para luego ser elevado hacia otros aires gracias a un ventilador de pié que adquirí en aquella vieja casa de antigüedades.

 

  Gustavo Gorgone.

 

 

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